Te veía llegar, cruzar la puerta, darme un besazo en el morro, mirarme a los ojos de esa manera única, como solo tú miras a los ojos: rompiendo el calendario.
Te veía hacer esas cosas sencillas que tú haces para que el mundo entre en razón;
Hoy desperté con una extraña sensación de impermeabilidad.
El sentimiento del que hablo lleva acompañándome un tiempo,
y aunque dulce y tibio me acurruque,
igualmente me desvela por lo inerte.
Es tal la falta de ganas de extrañar, de sentirse atormentado, de repasar los pensamientos aprehendidos,
que deja de apetecer hasta morirse de la pena.
Y no te interesa siquiera retorcerte hasta sacar el ácido jugo que solía acabar contigo.
En el que te revolcabas.
Abogar entonces por eliminar innecesarias nostalgias
ante la inapetencia de luchar contra el absurdo
tiene sentido.
Y lo que tiene sentido suele asustarnos.
A los que nos negamos a relativizar nuestra existencia y la de lo que nos rodea.
Porque nos gusta sangrar,
y aunque no nos gustara no podríamos evitarlo.
Es nuestra naturaleza sufrir una hemorragia interna que nos anula cada vez que nos enamoramos, cada vez que nos sentimos traicionados.
No podemos suavizar el dolor pensando en alguna estupidez que amortigüe la angustia que nos paraliza.
Y dejar de preguntarnos por qué las cosas nos sacan de quicio.
Por qué no comprendemos a la gente, sus hábitos y convenciones, sus manías, sus modas, sus conversaciones, su alegría por la desgracia ajena como evasión de lo propio, su desinterés por lo complejo, la excesiva atracción que sienten por lo disoluto.
Pero hoy no quiero juzgar.
Preferiría entender por qué nos cuesta tanto vivir en paz con nosotros.
Por eso, después de que tantas macabras historias,
llegaran a su deseado final,
la pretensión más difícil y elevada, se convierte en una necesidad:
La consecución de la templanza,
para lograr el ansiado equilibrio.
Ser coherente con uno mismo es tan difícil
como respirar profundo antes de herir.
Como pensar en el ahora
y ser conscientes, conscientes,
conscientes de lo que supone ser conscientes en y de cada acto.
Acallando por fin la ira, abstrayéndose de lo fácil
para observar lo esencial desde arriba
y no caer.
Y dejar que pase el tiempo,
inmovilizado
esclavo
de tus propios actos
Su alma sonó como las cuerdas de un violín amargo,
un maullido profundo que arañó el papel de las paredes,
se vaciaron sus ojos en el decrépito silencio.
Repasó su mente la última espiral, el cuerpo se deshizo.
El sueño siguió al hastío, rezando se durmió.
Comenzó la razón a abandonarle y en un brote seco deseó arrancarse las uñas con los dientes, entregarse a las hienas cuando sintió el vacío tras la entrega total.
Y maldijo el paso del tiempo, las conexiones nerviosas, los olores, las cosquillas, la música, el sol de invierno, el queso, las jodidas libélulas, las confesiones, los putos principios y los precipicios y la ciencia ficción y los corazones de lana y el interruptor que no se encendía a la primera y el jabón de niños y los puñeteros niños, y la bondad, y la risa.
Pero sobre todo odió el amor compulsivamente, con una rabia profunda e inextinguible. Taquicárdica.
Yacería inerte
hasta ver desaparecer el reino de papel que construyeron
tan débil
hasta que no quedase ni una luz encendida.
Esperaría que la fe se apagara junto al deseo y hendida en la tierra
caería en la cuenta de que esta muerte había ganado a todas las demás.
Inventó un nombre para que él no pudiera volver a llamarla
y en el fondo del océano, lejos de la emoción y del sonido,
buscó en la putrefacción el final de una chispa insuficiente.
Para que la soledad por fin no importe
encontrémonos en el sur del purgatorio.
Penetremos en el bosque de la imaginación,
donde se mezclen tus sueños con los mios,
crearemos una fortaleza con nuestras peores pesadillas.
El miedo al recuerdo que impide nuestra libertad
-sentimiento inútil-
se convertirá en la fuerza centrípeta,
fuente de vida inagotable,
luz que (de)penda de nosotros.
Sí, tú y yo existiremos
para encontrarnos cientos de veces
metamorfoseados en seres diferentes,
superiores, cada vez.
Vayámonos tan lejos como las piernas lo permitan,
fundámonos con el núcleo de la tierra.
Aprendámonos de nuevo,
con paciencia.
Mejoremos nuestra versión más elevada
superior a las que todavía recordamos.
Sin acercarte demasiado has roto el hilo de la fe.
Como un fuego alimentado por palabras que jamás existieron.
Estúpida, esdrújula y yo, en esta noche sin brillo, desgastada y vulgar.
Estupidez fundamentada en la luz que creíste ver,
que no fue más que una nada desprovista de todo lo importante.
La verdad.
Acostumbrémonos, acostémonos, acerquémonos demasiado,
arruinémonos vendiendo la poca luz que nos queda.
A cualquiera, a todos y a nadie.
Vaciémonos. A no, que hace ya tiempo que lo estamos.
Por eso sigo bebiendo, buscando unas pupilas que me digan algo.
Un cuerpo.
Sólo uno más.
Una mentira más, que no es lo contrario de la verdad
sino una cura contra la ausencia.
Yo era creyente, pero hoy,
ya no creo en los inertes rostros que otros ojos apagaron.
Ni siquiera en los nuestros.